Después de tal amor...





Está demente quien afirma
haber estado una hora enamorado,
mas no es que el amor así se desvanezca,
sino que, de hecho, en menos tiempo nos puede devorar.

¿Quién osará creerme si juro
haber sufrido un año de esta plaga?
¿Quién no se reiría de mí si yo dijera
que vi arder todo un día la pólvora de un frasco?

¡Qué insignificante se hace algunas veces el corazón,
si llega a caer en manos del amor!

Cualquier otro pesar deja sitio
a otros pesares, y esto para sí reclama sólo una parte.

Vienen hasta nosotros, pero a nosotros el amor arrastra,
y, sin masticar, nos absorbe.

Por él, como por el infame hierro, tropas enteras caen.
Él es el tirano; nuestros corazones, la morralla.

Si así no fue, ¿Qué le sucedió
a mi corazón cuando te vi?
A la alcoba traje un corazón,
pero de ella emergí vacío, desolado.
Si contigo hubiera ido, sé
que a tu corazón el mío le habría enseñado
la compasión.
Pero de una herida lacerante la felicidad
se ha quebrado.

Más la nada en nada puede convertirse,
ni sitio alguno puede del todo vaciarse,
así, pues, pienso que aún posee mi pecho todos
esos fragmentos, aunque no estén reunidos.

Y ahora, como los espejos rotos muestran
cientos de rostros más menudos, así
los añicos de mi corazón pueden sentir agrado,
deseo y adoración,
pero después de tal amor, jamás volverán a amar.



Buenos Aires/Madrid/2011




Tres noches...





Como miradas llameantes,
blancas y brillantes,
lanzadas por la pálida luna
desde su tranquila esfera,
cayendo sobre las aguas insomnes
de un solitario mar,
vibrando en las olas del viento,
atribuladas, lastimeras,
temblando y muriendo.

Como lágrimas de tristeza
que las madres han derramado
-plegarias que mañana serán en vano-
cuando la flor por la que lloran
yazga fría y muerta;
aplastada contra la frente,
caída sobre el pecho ardiente;
sin traer paz ni descanso.

Como ondas luminosas que caen,
con un movimiento natural,
sobre la orilla infernal
de un espumoso océano;
una rosa salvaje se arrastra por el muro,
un racimo de sol cae en la sala en ruinas,
cuerdas de una melodía alegre en el funeral,
tan triste que ha logrado confortar
este profundo corazón soberbio,
tan ansioso y doloroso,
tan confundido y apenado,
con pensamientos de intolerable cambio,
-tal es aquel contraste extraño-
y tu voz inolvidable, tu acento arribando
como viajero desde el extremo del mundo
hasta su antiguo palacio.

Todo es en vano, todas las cosas son en vano,
tu voz golpeó sobre mis oídos otra vez,
aquellos tonos de melancolía tan dulce e inmóvil;
aquellos tonos como un laúd oscuro y olvidado
-que todavía penetran en mis oídos-
volaron sobre toda mi voluntad,
y no pudieron sacudirla;
quemaron mi corazón con su propia sangre,
y no pudieron quebrarlo.
Allí en mi lecho descansa mi cuerpo,
sitio que nunca fue para la plegaria
de labios temblorosos o rodillas inclinadas;
silenciosamente, en suaves impulsos,
mi espíritu arrebatado compuso,
con humilde fe en mis ojos cerrados,
con reverencial resignación,
ningún deseo concebido,
ningún pensamiento expresado,
sólo un sentido de súplica;
un sentido sobre toda mi alma
anticipaba mi debilidad, mi blasfemia;
en mi, sobre mí, a mi alrededor, en todas partes
yace la fuerza eterna de la sabiduría.

Pero anoche recé en voz alta,
lleno de angustia y agonía,
surgiendo de la multitud sombría
de formas y pensamientos que me torturan:
una luz espantosa, los pasos de una hueste,
sentidos de un mal intolerable,
¡Ellos son a quienes desprecio! ¡Sólo a los fuertes!
¡La sed de venganza, la ilusión de poder,
se desconcierta, y sin embargo sigue quemando!
el deseo y el horror se aman misteriosamente
en los salvajes y odiosos objetos fijos.

¡Pasiones fantásticas! ¡Demenciales batallas!
¡Y la vergüenza y el terror sobre todos!

Los hechos se ocultan donde no hay escondites,
donde toda la confusión veló mis interrogantes,
si he sufrido, o cuáles fueron mis pecados:
para todos parecía culpabilidad, o remordimiento,
pero yo y los demás seguiremos siendo
el miedo que asfixia la vida,
el alma sofocada de vergüenza.

Dos noches han pasado: la noche de la consternación
anticipó un día triste y aturdido.

El sueño, la gran bendición, me pareció
la peor de las calamidades.

La tercera noche, cuando mi propio grito
me arrebató de un sueño diabólico,
superando un sufrimiento extraño y salvaje
lloré como cuando era un niño;
y habiendo sido sometido por las lágrimas
mi angustia lentamente se suavizó,
tales castigos, pensé, se deben
a las profundas manchas del pecado,
por la intemperancia nueva
dentro del insondable infierno,
¡Habremos de ver el horror de sus mansiones,
conocerlas y aborrecerlas, y aún desearlas!
tales tristezas de algunos hombres se aferran
¿Pero cuáles, cuáles caerán sobre mí?
ser amado es todo lo que necesito,
y cuando pronuncie Te Amo, será definitivo.


Aranjuez/Montevideo/Buenos Aires/Madrid/2009-2011

La tierra, las flores y la sombra...





El amor vive más allá de la tumba,
de la tierra que se desvanece como una sombra.
 
Amo en los abismos,
pues el fiel y verdadero amor
yace en un sueño eterno;
la felicidad de las suaves noches
llora en la víspera del rocío,
donde el amor jamás es reproche.
 
Lo he visto en las flores,
y en la ansiosa gota de lluvia
sobre la tierra de verdes horas,
y en el cielo con su inmortal azul.

Lo he oído en la primavera,
cuando la luz certera,
cálida y amable,
flota sobre las alas del ángel,
trayendo amor y música en el aire.
 
¿Y dónde está la voz,
tan joven, tan hermosa, tan radiante,
que envuelve el encuentro de los amantes?
 
El amor vive más allá de la tumba,
de la tierra, las flores y la sombra,
amo sus torturas,
sus jóvenes y fieles tersuras.


Buenos Aires/Madrid/2011

Cadaveres de la dulzura...



Algunos que han excavado más profundo que yo
en las sórdidas cavernas del amor,
dicen dónde se halla su céntrica felicidad.

He amado, he poseído, he contado,
pero aunque amase, poseyese y contase hasta envejecer,
aquel oculto misterio no hubiese encontrado.

¡Todo es impostura!
ningún alquimista ha conseguido el elixir,
sin embargo con paciencia glorifica sus calderos,
por si la casualidad
le asalta con aromáticas medicinas.
 
Así sueñan los enamorados,
con un deleite pleno y prolongado,
para que esta triste y helada oscuridad
se transforme en una noche de verano.

¿Habremos de entregar nuestra paz, coraje, honor y vida
a esta burbuja de vanas sombras?
¿En esto termina el amor?
¿Puede ser alguien feliz representando la parodia del novio?
aquel infeliz enamorado que jura
que no es de ella la médula carnal lo que ama,
sino su mente, donde angelicales formas encuentra.

También podría jurar con justicia que escucha
durante el rumor del día el brillo de las estrellas.

No esperes encontrar compasión en la mujer,
tal vez halles ingenio y ternura,
sólo momias: cadáveres de la dulzura.


Aranjuez/ Madrid/2009-2011

Nuestro recuerdo recorre...



El sobre, el  sello,
lenta la amada lo cierra.
algo pesado golpea su pecho,
ella ama los secretos,
como el hombre que
moldea el vidrio
con soplos y susurros

Yo siempre me confieso frente a un espejo,
es como si ese hombre me pidiera algo,
un mensaje, una esperanza.
no puedo callar; he entregado mis sentidos
a la tiranía de tus formas

¿Quién es ese hombre?
¿Por qué recorre tus tierras encapuchado?
el limonero que plantaste en tu jardín,
¿Son visibles ya sus frutos?

Recuerdo que de niño delirantes pájaros
se precipitaban contra las paredes de mi casa,
tenían los ojos bien abiertos
como hombres llevados a la locura por las palabras.
yo los recogía rápidamente
por si decían algo antes de morir.
de vos saqué lo mismo que sacaba de ellos,
un irónico guiño antes de desaparecer.

A veces me sorprendo ebrio
bajo una ventana de un antiguo hotel.
¿Cuándo? ¿Por qué?
todo amor
es un hotel de misteriosos pasadizos.
¿Hacia dónde? ¿Hasta cuándo?
¿Lo oyes?

Nuestro recuerdo recorre
de puntillas las habitaciones de los huéspedes.
ama los secretos,
como el hombre que moldea el vidrio con soplos y susurros.


Barcelona/Buenos Aires/Madrid/2008-2011



Después te fuiste...





Empezamos a hablar
­nos miramos; dejamos de mirarnos

Las lágrimas ascendían a los ojos
pero no podíamos llorar

Deseaba tu mano
pero mi mano temblaba.

No dejabas de contar los días
para nuestro siguiente encuentro,
pero los dos sentíamos en el corazón
que nos separábamos para siempre.

El crujido del reloj llenaba la habitación,
escucha, dije, es tan fuerte
como el galope de un caballo en un sendero solitario.

Así de fuerte, un caballo galopando en la noche es mi corazón.

Me hiciste callar abrazándonos,
­pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.

Dijiste: “me tengo que ir, todo lo que vive de mí
está aquí para siempre”.

Después te fuiste.

El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo débil,
se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
susurré en la oscuridad: “moriré si se detiene”.


Buenos Aires/Madrid-2011